Consejos para las primeras noches junto a tu bebé

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La inmensa alegría que produce la llegada de un bebé a la familia trae aparejada consigo una serie de importantes retos que, al fin y al cabo, forman parte de lo que significan la maternidad y la paternidad. Uno de los momentos más laboriosos (y que producen más nervios entre las madres primerizas) se vive durante la primera noche del pequeño en casa. Rebecca Byrne, experta de la institución británica National Childbirth Trust, explica el momento con toda claridad: “Puede tratarse de una sensación bastante surrealista. En este punto de tu vida probablemente acabas de pasar un día entero en cama y sintiéndote enferma. Y de pronto, aunque aún estás recuperándote del parto y no has podido dormir bien, no tienes descanso. Pasas directamente a 24 horas continuas de cuidado del bebé, que además es probablemente el trabajo más importante de tu vida. Cuando llegas a casa y todo depende de ti, puedes sentirte un poco abrumada”.

En Queparto hemos contactado con Alejandra Arrechedera, odontóloga caraqueña radicada en la mexicana Cancún desde hace algunos años por motivos profesionales. Ella dio a luz hace siete meses a su primer hijo, un risueño varoncito al que ella y su marido Pedro han llamado Agustín. “Todo el mundo te dice que el mejor día de tu vida es el día en que nace tu hijo, y efectivamente así es, hasta que llega la noche. Te atacan todos los miedos, sientes que tu bebé es el más frágil del mundo y sobre todo, sientes que en cualquier momento va a dejar de respirar”, explica nuestra entrevistada, que se sintió algo descolocada en estos primeros días. La sensación “rara” comenzó en el hospital, pero se prolongó luego en casa, cuando la pareja llegó con el nuevo integrante de la familia: “Yo particularmente odiaba la idea de que se lo llevaran a dormir al cunero, por lo que pedí expresamente que lo dejaran conmigo toda la noche y me lo puse en el pecho con mi mano sobre su espalda para estar bien segura de que estaba bien (y para que, después de nueve meses durmiendo juntos, no se sintiera tan solo). Pensé que de esta manera iba a descansar, no fue así. Igual no pude evitar pasar toda la noche en vela, por un lado asustada y por el otro totalmente sobrecogida de tener tamaña responsabilidad en mis brazos. Así pasé las siguientes dos noches”, relata.

La llegada a casa

Lo más complicado, sin embargo, estaba por llegar: el momento de entrar a casa y sentir sobre sus hombros todo el peso de la responsabilidad: “Cuando llegué a mi casa sentí que me iba a morir y no sabía por qué, cuando intentaba dormir y sentía a Agustín hacer ruiditos me subía una sensación se shock eléctrico por toda la espina dorsal”. A pesar de las visitas y el apoyo de familia y amigos, la sensación de desconcierto es inevitable: “La gente me visitaba y yo estaba en otro mundo, como en una nebulosa. ¡Hoy lo veo en perspectiva y está todo tan claro! La falta de sueño estaba haciendo estragos. Afortunadamente mi madre estuvo al pie del cañón y ella, con su experiencia de tres hijos y una depresión postparto después del primero, pudo darse cuenta de que yo estaba empezando a colapsar, cuando al tercer día amanecí llorando porque sentía que todo iba mal”. El grito de ayuda de Alejandra a su madre revela la angustia y la confusión del momento:

– Creo que no voy a producir suficiente leche – decía llorando. Agustín se retuerce, creo que está enfermo. Hay que pintar la cocina. ¡Nos vamos a morir!

Y en ese mismo instante su mamá le contestó, tranquilizadora:

– Ve a acostarte, yo me encargo.

Y durmió entonces ocho horas seguidas (pudo hacerlo porque se había sacado un poco de leche para Agustín); cuando despertó, el mundo era otro, completamente diferente, más calmado, menos caótico. De todo esto, reflexiona Alejandra, se desprende la importancia de tener a alguien que te pueda echar una mano y relevarte en un momento de agotamiento, porque si no lo haces, puedes llegar a caer hasta en depresión sin siquiera darte cuenta de que lo que te está venciendo es el cansancio.

Después de la tormenta…

No ha llegado el momento de la calma, sin embargo. “Luego de esto vino el reflujo, razón por la cual durante el día Agustín tampoco estaba durmiendo bien, devolvía la leche y esto hacía que la molestia no lo dejara pegar ojo”, nos explica nuestra madre primeriza, que también se repuso a este nuevo inconveniente. Visitó a una gastro pediatra que determinó que el bebé sufría una alergia a la proteína de la leche de vaca. A este diagnóstico le siguió el tortuoso paso por nueve fórmulas diferentes hasta que dieron con la correcta (combinada con un par de medicamentos), que controló la situación y devolvió la calma a la familia. Alejandra explica que si hubiese seguido el consejo de más de una amiga e incluso de un pediatra al que visitó, que insistían en que el reflujo era normal (“los bebés se retuercen, dale manzanilla, son cólicos”), todavía estaría esperando que su hijo durmiera plácido y no vomitara toda la leche luego de comer.

“El punto es que hay un sexto sentido que nos indica cuando algo está mal con nuestros bebés y no lo debemos ignorar, si creemos que hay algo que se pueda hacer para que esté mejor, no hay que dudarlo, se debe buscar la solución, así sea necesario visitar a más de un pediatra”, nos aconseja la (ahora tranquila) madre. Una vez pasada esta dura etapa, vinieron los “desvelos normales” de un bebé recién nacido: comida cada tres horas y noches a medio dormir, entre otras cosas. Sin embargo, la calma volvía poco a poco a las vidas de esta joven familia venezolana, y dejaba paso exclusivamente a la felicidad de haber recibido el regalo de un niño sano y feliz. Desde esta serena calma, Alejandra nos regala algunos trucos:

– Algo que me funcionó perfectamente para las siestas diurnas fue un columpio a pilas combinado con música clásica, mi chiquilín no se podía resistir, caía en los brazos de Morfeo sin problemas. Por otra parte, afortunadamente Agustín comprendió rápidamente la diferencia entre el día y la noche y, a pesar de despertarse a comer, siempre durmió la noche completa. Esto lo logramos con una rutina inamovible de baño a las 7:30 de la noche, lechita y a la cama a partir del tercer mes. Con eso fue más que suficiente para conseguir que hoy en día, a sus siete meses, a Agustín se le cierran los ojos cuando se empieza a acercar la hora del baño. Es fácil, hacer lo mismo una y otra vez, día tras día; los niños aman la rutina.

Ya lo sabes. Es absolutamente normal sentirte abrumada cuando llegas a casa con tu bebé. Procura contar con la ayuda de tu familia y acude siempre a los especialistas. Poco a poco los nervios irán dejando paso a la felicidad total.

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